¡Las mujeres, a luchar!
- Bruno
- 5 may 2016
- 6 Min. de lectura

“-Cuando yo uso una palabra -dijo Humpty Dumpty- esa palabra significa exactamente lo que yo decidí que signifique... ni más ni menos.
“-El asunto es -dijo Alicia- si se puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan distintas.
“-El asunto -replicó Humpty Dumpty- es el saber quién manda. Eso es todo.”
Lewis Carroll (A través del espejo)
No somos nosotros quienes hablamos a través del lenguaje sino el lenguaje el que habla a través de nosotros*. Cuando hablamos de este día, el recuerdo del nefasto proceso de Haymarket, siempre nos referimos a los trabajadores. Los trabajadores. Un neutro que disfraza la omisión de un género. Que incluso la indignación histórica no repara que quienes protagonizaron, y se mencionan como mártires, son todos hombres. Me vino a la mente el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York del 25 marzo 1911 donde 123 trabajadoras de la confección, y algunos pocos hombres, murieron quemadas. Un hecho que generó la propuesta de otra fecha onomástica. El 8 de marzo como día de la mujer trabajadora.
Las compañeras también fueron y son parte de la explotación económica basada en la imposición de un sistema institucional de control social.
La subordinación de la mujer al hombre no se ha debido nunca a cuestiones de tipo biológico, sino ideológico y económico. La falta de entendimiento entre géneros que forman a la Humanidad se genera por un ejercicio de poder. Así mismo, habría que añadir la escasa conciencia social, consecuencia de muchos siglos de sumisión y tutelaje.
El cambio social no supondrá la terminación feliz de todas las marginaciones femeninas. El Estado extiende los tentáculos de su poder sobre tres pilares sociales fundamentales, el laboral, el familiar y el educativo. Para esto necesita ejercer su fuerza sobre la mujer pero, como hay muchas facetas de la cotidianidad que se le escapan, ha buscado el apoyo del hombre convirtiéndolo en su cómplice. Este es manipulado para que ejerza por delegación su fuerza sobre la mujer. ¿Por qué el hombre se presta a este juego? Sencillamente, porque el rol en que ha sido educado le permite identificarse con el poder. Cualquier varón, aún el más oprimido y ansioso de libertad, ve en el poder una tentación y un objetivo a alcanzar. Sin embargo, la mujer acostumbrada a padecer el poder sobre su cabeza, sabe por experiencia que el poder en sí mismo supone la castración, la negación de esa misma libertad.
El tipo de relación que la mujer se ve obligada a mantener con su entorno, es decir los roles de esposa y madre que la sociedad patriarcal ha establecido para ellas, hace que asuma los valores ideológicos dominantes a través de la educación, entendida como tal no solo la escolarización, sino la socialización global. La preparación intelectual que el poder concede a la mujer, intenta situarla en un segundo plano y sirve como pretexto para impedir su avance social. Es verdad que la mujer cada vez más ha ingresado al mundo de la cultura, y masivamente, no solo en la enseñanza media, sino también n la universitaria, pero también es verdad que, empeñada en que siga conservando sus roles tradicionales, la sociedad patriarcal la ha encaminado mayoritariamente hacia disciplinas consideradas humanísticas, en tanto que a los varones les ha incitado a las técnicas.
El patriarcado niega su capacidad racional, las somete a tutela de parte de los hombres, y las vuelve incapaces de desarrollar la decisión sin restricciones.
El cinismo democrático logra que ellas mismas se anulen, se auto condenen y encuentren en la fábrica un lugar parecido al hogar/casa.
Su incorporación tiene así un carácter subsidiario, es decir, cuando el hombre no puede trabajar, los ingresos masculinos son escasos, o la mujer no tiene pareja que la apoye económicamente.
Fueron situaciones, como la Revolución Industrial o las guerras mundiales, con la incorporación de millones de mujeres al trabajo asalariado, que expusieron una situación en exceso injusta; aunque bien es verdad que el cambio se inició muy lenta y paulatinamente. La sociedad burguesa admitió a la mujer en el mundo laboral, pero considerándola un individuo de segunda clase. Trabajadora poco cualificada y por tanto mano de obra barata, era fácilmente manipulable debido a unos rígidos principios religiosos y morales, llena de miedos y prejuicios.
La inhumana situación que empezaron a soportar las mujeres en las fábricas situó la reivindicación de la emancipación femenina en el centro de una lucha social y política. Se produjo así una alianza histórica, la del feminismo con los movimientos obreros. Pero hay ciertos aspectos que diferencian fundamentalmente la lucha de los trabajadores de la específicamente femenina. En la primera se da una conciencia de, y en ese caso es que ellas se sienten más unidas a los varones de su propio status que a sus compañeras de género pertenecientes a status diferentes.
El capitalismo es cómplice del patriarcado. Vive paralelamente con el estado, una originalidad absolutamente occidental. Las desigualdades son retomadas y capitalizadas para maximizar ganancias y minimizar riesgos. Las decisiones de producción o empleo están basadas en la construcción social-sexual. En el caso de los países periféricos, tercermundistas, pobres, etc; las mujeres son mano de obra barata, con una menor propensión a sindicalizarse y con más cuidado en el trabajo manual. La situación laboral siempre es peor para las mujeres. El trabajo femenino en general se da en el servicio a otros. Su punto más alto de escalada en el empleo es en las áreas de salud y educación, y en los demás hay marcadas brechas salariales. Todo esto sin contar con el trabajo no remunerado en el hogar. Entonces, existe una doble explotación de parte del capital. En el trabajo del hombre, es parte de la acumulación de capital, y otra en el trabajo de la mujer, el mantenimiento reproductivo del hogar.
El neoliberalismo específicamente ignora las condiciones socioculturales, recorta el gasto social, precariza laboralmente, concentra monopólicamente, da más carga al trabajo no pagado, y genera más condiciones de pobreza e indigencia. El capital desarraiga a las personas, las vuelve invalidas sin el apoyo del estado. El mercado está construido en una base jerarquizada y androcéntrica que excluye y subordina a indígenas, mujeres, niños, pobres.
Sin embargo, la esclavitud de la mujer tiene unas connotaciones muy particulares. En cualquier caso de opresión, la lucha termina con la liberación el individuo subyugado, sin embargo, en el caso de la liberación femenina, no ocurre así. La persona que desea liberarse de esta sociedad pensada para los hombres heterosexuales, ha de enfrentar a estos para que puedan liberarse de sí mismos. La liberación de la mujer no se agotará, por tanto en sí misma, sino que tendrá que extrapolarse al masculino si quiere ser eficaz. Y este es uno de los más importantes retos que tendrá que asumir. Ninguna revolución puede hacerse sin sus protagonistas
Los movimientos feministas tienen una raíz burguesa y sufragista. Pretendían conseguir la igualdad de los géneros tomando como base la posición del varón en la sociedad; es decir, no buscaban una transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos que hasta entonces eran exclusivamente masculinos. Estas primeras mujeres sufragistas no solo surgieron de la burguesía, lo que les permitía tener una saneada economía, sino que también estuvieron unidas a hombres con inquietudes sociales. La insurgencia feminista está vinculada a momentos de independencia económica de ellas.
Por esto, las mujeres anarquistas en general nunca se consideraron feministas e incluso llegaron a ridiculizar a quienes eran consideradas como tales. Se auto marginaron y a la vez fueron marginadas por el feminismo. Sin embargo, todas ellas desencadenaron una lucha férrea contra la sociedad patriarcal y dejaron patente su voluntad de enfrentarse tanto al estado que las alienaba en cuanto personas, como al patriarcado que les impedía su liberación como mujeres.
Feminismo y anarquismo no son dos ideas contrapuestas, sino complementarias. Ambas aspiran a una sociedad formada por seres iguales, libres y responsables. El Anarquismo nunca hizo diferenciación de géneros, pero sus ideólogos, resultado de la época que les tocó vivir, ignoraron por completo a la mujer.
Ningún género puede ser realmente libre si no lo es el otro y esa sociedad en anarquía justa e igualitaria con que tantos y tantas soñamos, no podrá conseguirse jamás si la una parte de la humanidad permanece en silencio subyugada por otra parte.
Esta es la lucha por la emancipación del individuo y, como tal, también por la mujer, pero que solo puede llevarse a cabo una revolución igualitaria si todos los individuos que participan en ella lo hacen en las mismas condiciones.
El Estado es un modo de comportamiento humano, un nosotros. No es un concepto abstracto externo. La Guerra social es el desmantelamiento de ese mismo estado en todos los aspectos de la vida.
La voz de la mujer, el periódico que participo Virginia bolten quien fue la que encabezo el primer acto del 1 de mayo en argentina; ilustra un mensaje para los escarabajos de la idea, anarquistas escandalizados por un periódico comunista anárquico dirigido por mujeres:
“ Si vosotros queréis ser libres, con mucha más razón nosotras; doblemente esclavas de la sociedad y del hombre, ya se acabó aquello de “Anarquía y Libertad” y las mujeres a fregar. ¡Salud!”
* De camino al lenguaje M Heidegger